Inmersa en días fáciles y empalagosos como la miel, en los que da la sensación de que el tiempo transcurre lento y a trompicones, como si le costara fluir, me cuesta despegarme de las sábanas que me atan a la cama cada mañana. Ya es primavera. El sol y el calor se filtran por los entresijos de una persiana mal bajada a propósito. Afuera, se oyen los pájaros, el alboroto de los niños en algún partido matutino y el griterío de los padres animándoles.
Al subir la persiana me toparé con el jardín que tanto alimentó mi imaginación de pequeña, con su maraña de plantas y los árboles frutales que hoy muestran lánguidamente sus brotes al sol. Las enredaderas que trepan sin ton ni son por los muros ajados por el tiempo. Las ramas desnudas que recuerdan que el invierno nos dejó hace muy poco. Es una imagen romántica. Estancada. El mismo jardín que antaño surtía en mí un efecto de mágica fascinación hoy embota mis sentidos y me adormece.
Este jardín parece estar suspendido en el tiempo, en algún punto impreciso del espacio. Parece que en lo que en él acontece no mandan las mismas normas que en el resto del mundo. El presente sábado es como este jardín, ajeno al alboroto de fuera. Y me pregunto si no seré hoy como esa imagen estancada, ni si estaré yo suspendida entre pasado y futuro en algún punto impreciso, incierto, inmersa en una plácida sequía intelectual que tan sólo me permite aferrarme a la dosis mínima de inspiración que despierta en mí un jardín dormido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario