
Cuando era un moquillo mi padre me metía en el agua hiciera el tiempo que hiciera. Cuando le pedía piscina me decía que eso eran gilipolleces. Guardo todo un conjunto de anécdotas bonitas y experiencias algo traumáticas que hoy recuerdo con cariño. Mi padre me llevaba a la playa hasta los días de tormenta, me metía en el agua incluso cuando el mar estaba picado, algunos días por accidente me arrastraban las olas con sus consecutivas vueltas de campana subacuáticas, también recuerdo bañarme con él en el agua del puerto y en plena plaga de medusas. No me quería matar, pero creo que siempre quiso que el mar me hiciera fuerte.
Y efectivamente, no le tengo miedo y al contrario, me encanta… pero creo que mi padre es en parte responsable de mi dependencia del mar. Supongo que también pasará por nacer en una ciudad costera. Te acostumbras a su presencia, y aunque no lo tengas en frente, lo sientes. Lo notas en el salitre, en el olor del aire, más fresco y más limpio. Y ese sonido. El sonido de las olas y de la marea. Tiene un efecto sedante. Un día de esos de mierda, de nervios y frustraciones (y me ha pasado en esta ciudad y en otras) pocas cosas hay más terapéuticas que una sesión de mar. Por eso las ciudades sin mar me sacan un poco de quicio. Sin duda les falta algo. El aire está como más muerto.
Además, el mar reúne unos atributos cojonudos: es libre, vital, misterioso, imprevisible, dinámico, temperamental, puede ser suave pero sabe meter caña. Tiene lo que hay que tener, no se deja dominar y mucho menos conquistar.
No dejes de escribir, me encanta leerte!
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