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miércoles, 14 de marzo de 2012

Bocata de calamares


Una vez más he vuelto a encontrarme con esa vieja amiga que en una ocasión me dejó un sabor amargo. La relación entre Madrid y yo siempre ha sido de amor-odio. Reconozco que fui algo injusta con ella: la taché de ruidosa, agobiante, monstruosa y brutal. Dejé en segundo plano sus cualidades buenas, esas que tanto mencioné al principio, cuando la estaba descubriendo. Y decidí huir de ella. Sin embargo una y otra vez vuelvo a caer en sus redes. Efectivamente, no tiene mar, pero me he reconciliado con ella por completo y aunque me descarga las pilas, admiro su energía, el enorme abanico de posibilidades que ofrece, su vida, su cultura, su luz, sus personajes, su variedad, incluso esa vida nocturna que tantas veces me hizo perder los estribos, y su locura. Sobre todo su locura.

Una vez llegó a agotarme por completo. Adaptarse a su ritmo no es fácil. Atrapa cuando quieres llevar una vida frenética. Yo siempre me jacté de adorar la vida caótica y el caos de Madrid llegó a desbordarme. Pero mi caso es exagerado, dependo mucho del medio, varío exageradamente con el ambiente. Probablemente tienda a la inestabilidad o al desequilibrio, que cojones sé, y el desequilibrio de Madrid se me pegaba de lo lindo.

Pero he vuelto, esta vez como turista. Al dejar una ciudad y al volver tiempo después, te percatas de detalles que antes no apreciabas. Esta vez ha sido la luz y su olor. Es un olor que solo tiene Madrid, y no es olor a ajo como alguna vez dijo una snob esmirriada.

Adoro perderme en el corazón de la ciudad, La Madrid que me pirra, dónde las calles son estrechas, las casas antiguas de balcones de hierro forjado y hay plazas en cada esquina. Explorar los recovecos de cada calle es un desafío, encuentras lo inimaginable. Sentarse en un banco y observar es todo un espectáculo. Hay días que pueden llegar a ser de ciencia ficción, y siempre pasa algo. San Bernardo, Malasaña, tribunal, Fuencarral. Callao y Gran Vía, las arterias de la ciudad. La infinidad de baretos cutres que adoro. El Palentino. Los bares de mañaneo. Tomar el sol en plaza de España. El rastro, las tiendas vintage, el moderneo. Todo tiene su gracia. Las terrazas llenas. Su encanto. Esos barrios que son como pueblos, con su red de peculiares callejuelas, La Latina, Sol. O un mundo en un barrio: Lavapiés. Cada vez que vuelvo descubro algo nuevo, me sorprendo explorando una nueva región.


Reencontrarme con buenos amigos. Redescubrir a viejos conocidos. Un día en Madrid puede contener un sinfín de sorpresas. La verdad es que sí… ¿Qué me pasa? Tanto lo negué…pero me gusta Madrid. No podría vivir en ella, pero siempre será un refugio a la hora de escapar de lo cotidiano.

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