Me agobia el hecho de que a medida que avanzamos en la vida, todo se vuelve, por norma general, más complicado. Cuando eres niño, te toca entender el mundo que te rodea. Ves, sientes, tocas, miras, escuchas y aprendes. Cuando vas creciendo y te conviertes en adulto, te toca entender el mundo adulto, que es una versión procesada del mundo que experimentas cuando eres niño. Dejas de percibir las cosas como en lo que en su esencia son, porque quedan sepultadas por capas y capas de connotaciones, significados, tabúes y demás aspectos propios del mundo de los adultos que nos eran desconocidos cuando éramos niños. Y por eso para muchos adultos, la vida deja de ser un juego y se torna algo mucho más agotador. Aprendes poco a poco a guardar apariencias. Guardar las apariencias tiene un peso muy importante en el mundo de los adultos, y para que el mundo moral de los adultos funcione sin contratiempos, a todos nos dicen que es necesario aprender qué decir, cuándo decirlo, cuándo frenar las emociones, qué es mejor ver, sentir o tocar y qué es peor, cuándo te debes avergonzar y cuándo no. Es una tarea agotadora.
Envidio la simpleza y transparencia de la vida de los niños, una transparencia que a todos nos quitan tarde o temprano y a la cual es prácticamente imposible volver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario