A veces basta con el olor familiar de un plato que te gusta, o la mezcla de vapores del antro al que acudías los viernes por la noche. A veces el frío cortante al atravesar una calle conocida pero olvidada en plena mañana de invierno. O la ruta que seguías para ir a la universidad. La impaciencia al esperar el metro en el andén. La ilusión de llegar y comprobar que queda 1 minuto. O la mala ostia frente al paso lento por la calle atestada. Las luces parpadeantes. Los tonos muy altos de voz de una tasca cualquiera. Los tintos entre carcajadas. El pincho de tortilla de aquel bar o el acento de la gente que habla a voces por el centro. El olor a leña quemada de esos barrios que parecen pueblos. Los balcones de hierro forjado. El chocolate con churros. Las ganas de música en vivo. Las colas absurdas del ropero. La gente que tirita mientras fuma a altas horas de la madrugada a la salida de algún bar. Los que mean en la calle. Las pintadas que mandan a la mierda a los políticos. Los policías absurdos que multan por latas de cerveza. Los chinos que las venden. Ahora también venden samosas. Los talleres gratis ofertados en algún centro cultural que antaño fue fábrica. Los carteles que anuncian eventos, ajados, despegados, que infestan las paredes de las callejuelas. Los take-aways. Las camisas vaqueras ochenteras de las tiendas de segunda mano. Los kioskos o los que venden globos disfrazados de versiones macabras de los personajes de Disney. Los calamares de toda la vida o las tapas fusión. Los libros amontonados en los puestecitos de algunas calles tradicionales, o los que regalan en cafeterías vanguardistas. Las nucas rapadas y los flequillos lánguidos. Los atuendos de las punkis que no quieren envejecer. Los brazos tatuados. El olor a roscón de reyes de algunas calles castizas (aunque no sea Navidad, esas calles siempre huelen así).
A veces todo eso basta para accionar un interruptor. El interruptor que te hace querer formar parte de todo eso, así, de manera inexplicable, de repente.
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