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lunes, 14 de mayo de 2012

Extrañando

Imaginemos que hoy no es 14 de mayo, sino un día aleatorio de septiembre del 2012, pongamos que jueves 22. El día no tiene importancia, solo el lugar. Ya no estoy en la ciudad en la que nací, ni en la ciudad en la que estudié. Estoy muy lejos, al otro lado del charco, en una pequeña ciudad de la costa pacífica mexicana que antaño estaba perdida en la selva y a la cual solo se podía acceder por mar o por aire, o quizá caminando, si se tenían las fuerzas y el valor necesarios.

Un nuevo día comienza, un día muy caluroso y pegajoso , como los días anteriores y probablemente los siguientes. Las sábanas se pegan a la piel. El ventilador de pie no resulta suficiente para levantar una brisa fresca ni para espantar a las moscas, ni mucho menos para quitarme la pereza, ni siquiera el despertador es capaz. Aunque hay una atmósfera de paz, desde fuera llegan rumores de movimiento y vida, la gente ya lleva un rato en sus quehaceres, y eso que sólo son las siete y media de la mañana. El ruido de la gente y del escaso tráfico queda eclipsado por el alboroto de los pájaros de todo tipo que están ocultos en los numerosos árboles frutales o sobrevuelan el cielo. Pongo los pies en el suelo de loza y me incorporo pesadamente. Miro a mi alrededor. La casa no tiene muchos muebles y está escasamente decorada, pero en cierto modo resulta acogedora. Sólo se requieren unos segundos para echar un vistazo a la totalidad de la casa: una única habitación con lo  necesario para vivir. Hay que tirar la basura antes de que todo se llene de larvas de mosca, que proliferan igual que los hongos con la humedad.

Me acerco a la terraza y abro las ventanas de par en par: he aquí uno de los momentos más mágicos. A un lado, la selva. Y delante, el mar en todo su esplendor, que impregna el aire que en su base huele dulzón. A otro lado veo el hostal en el que estuve viviendo un mes entero, que ahora está en obras. Al mirar hacia abajo, veo un amasijo de callejones de piedra, cuestas imposibles, los caminos están tapados por árboles, palmeras y vegetación de todo tipo. Veo los tejados. Las casas en la ladera de la selva, irregulares, encantadoras, y las de abajo, las del centro, las que rodean a la plaza hidalgo, punto de reunión de casi todas las tardes y noches de fin de semana. Sé que el agua de mar está caliente, que a las siete de la tarde el cielo se cubrirá como por arte de magia y resonarán los truenos, que darán paso a las tormentas más increíbles de mi vida, las auténticas tormentas en las que caen trombas de agua durante horas y  todo quedará en silencio y me sentiré libre. Sé que en cada instante del día me sentiré libre. Con suerte, las nubes se disiparán para la puesta de sol, que lo llenará todo de luz anaranjada.

Me imagino el día en ese momento, me gusta fantasear. Podría fantasear todo lo del mundo, que después cualquier cosa podría pasar. Las opciones son infinitas. Todo es nuevo, la gente encantadora, la vida es barata, despreocupada, tranquila y a la vez excitante. Es una atmósfera de auténtica aventura. No faltarán tardes de playa o de río, música, rock en vivo en el Roxy, micheladas, naturaleza de todo tipo. No faltarán amigos, gente increiblemente interesante, gente que se desvive por tí. No faltarán conversaciones, ni risas, ni bailes, ni bromas. No faltarán animales, diurnos, nocturnos, marinos o terrestres. Me siento como en casa. Me siento en mi casa y tengo la certeza de que volveré.

Pero no estoy en México, si no en la ciudad en la que nací, ahogándome en nostalgia. Lo revivo todo una y otra vez en mis recuerdos, que son tan vivos que es como si los viviera de nuevo con los cinco sentidos. Pero la certeza de que volveré al paraíso es igual de fuerte.





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