Buscar este blog

sábado, 26 de mayo de 2012

¿Hará ese tal destino de las suyas?

A veces ocurren cosas que escapan al entendimiento de nuestras sobrevaloradas mentes. Y nos da por comernos el tarro intentando desentrañar misterios para los cuales no estamos preparados y para no frustrarnos demasiado llamamos a todas estas historias inexplicables "juegos del azar" y nos quedamos tan anchos.

El azar ha jugado conmigo a su antojo en muchas ocasiones y en numerosas situaciones cotidianas. A veces me arranca sonrisas, pero otras me inquieta hasta límites insospechados. Lo cierto es que estos caprichosos (y supuestos) juegos me arrastran hacia la cómoda y cada vez más común opinión de que todo sucede por una razón. Y que conste que siempre he querido rechazar esta idea. No me gusta pensar que hay un señor Destino que mete la mano cuando le da la gana y nos hace seguir un camino que desde siempre nos ha sido asignado, ni que no somos del todo dueños de nuestras propias vidas. Pero es que suceden cosas que cuesta atribuir al azar o a la coincidencia, ¡joder! Son demasiado retorcidas...

No es raro que de repente encuentre a conocidos de amigos (personas que jamás creí poder vincular) en los lugares más recónditos. En una ocasión en la que viajé a Egipto conocí a mis vecinos en el barco que cruzaba el Nilo: coincidimos al azar, nos hizo gracia ser españoles, de la misma ciudad, del mismo barrio y no os podeis imaginar mi cara cuando me dijeron el número de la casa, eran los misteriosos vecinos de al lado que tenían atada un águila herida a un tocón de árbol. Nunca antes nos vimos, nunca antes hablamos. Manda huevos que tuviese que ser en el Nilo.

¿O que me decís cuando algo nuevo os llama la atención y aparece continuamente, hasta en la sopa, los días siguientes a su descubrimiento? ¿O que necesites algo tan desesperadamente que de pronto aparezca? ¿O que pienses tanto en un proyecto que se materialice de pronto en forma de oportunidad?

Pero lo de esta mañana no tiene nombre. Hace tiempo escribí sobre un modelo a seguir completamente imaginario a quien puse un nombre más imaginario aún: Silvia Andrade (mi segunda o tercer entrada). Y cuál es mi sorpresa cuando esta mañana viene mi madre emocionada con un artículo del National Geographic de una biotecnóloga mexicana que hace un trabajo flipante con escarabajos exóticos y sus correspondientes fotos. Y me dice: "mira que interesante, mándale un mail, pidele consejo, es una tal Silvia Andrade". "¿Cómo?" pregunto yo con voz casi temblorosa y ojos desorbitados.

"Silvia Andrade", me contesta mi madre preocupada por mi reacción.




No hay comentarios:

Publicar un comentario