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sábado, 24 de marzo de 2012
Plácida sequía
martes, 20 de marzo de 2012
¿A quien creer?
En estos tiempos que corren, todo es tremendamente subjetivo. La prensa y la televisión siempre han pasado por rigurosos filtros que seleccionan que mostrar y que ocultar, y nosotros, al otro lado de la caja tonta, permanecemos ciegos a la realidad cuando sentimos que hemos sido informados. Una ya no sabe que es fiable y que no, ni sabe que canal elegir, porque todos ellos tiran para su río. Los periódicos, más de lo mismo.
Ahora, con Internet, todo el mundo es libre de publicar y difundir lo que le parezca. ¡¡Bien!! Los hechos supuestamente reales (ojo, y las tonterías más grandes) nos llegan del informador al informado sin tantas capas de pintura y menos disfrazadas, y muchos desean comunicar algo por el simple hecho de comunicar, sin ser por ello recompensados con dinero, lo cual me hace confiar más. Internet es la gran esperanza de la comunicación, un posible punto de encuentro para gente con las mismas ideologías que puede desencadenar un efecto bola de nieve, y unir de una forma antes desconocida y dar los medios para creer (e incluso poder) cambiar el mundo para mejor, pero también puede ser una potente herramienta de lavado de cerebros y por lo mismo, si surge algún movimiento destructivo, éste también tiene la oportunidad de correr como la pólvora e infectar a sus anchas.
Por eso, ¿Que creer? La forma más fiable de conocer, aprender e informarse es ir y mirar. IR a dónde sea que esté la fuente. Y mientras tanto, ¿Cómo estaremos mejor informados? ¿Viviendo en nuestra propia burbuja o fiándonos de los medios de comunicación (hablo especialmente de los pesos pesados del área de la comunicación, esos que alcanzan la mayoría de hogares)? De la primera forma unx no se empapa de “cómo parece que está el mundo”, pero su percepción de él no se verá influenciada ni contaminada con falsas impresiones. De la segunda forma, unx se encuentra más conectado con el medio social, pero se arriesga a que le coman la cabeza con falsedades. Qué difícil, ¿no?
miércoles, 14 de marzo de 2012
Bocata de calamares
Una vez más he vuelto a encontrarme con esa vieja amiga que en una ocasión me dejó un sabor amargo. La relación entre Madrid y yo siempre ha sido de amor-odio. Reconozco que fui algo injusta con ella: la taché de ruidosa, agobiante, monstruosa y brutal. Dejé en segundo plano sus cualidades buenas, esas que tanto mencioné al principio, cuando la estaba descubriendo. Y decidí huir de ella. Sin embargo una y otra vez vuelvo a caer en sus redes. Efectivamente, no tiene mar, pero me he reconciliado con ella por completo y aunque me descarga las pilas, admiro su energía, el enorme abanico de posibilidades que ofrece, su vida, su cultura, su luz, sus personajes, su variedad, incluso esa vida nocturna que tantas veces me hizo perder los estribos, y su locura. Sobre todo su locura.
Una vez llegó a agotarme por completo. Adaptarse a su ritmo no es fácil. Atrapa cuando quieres llevar una vida frenética. Yo siempre me jacté de adorar la vida caótica y el caos de Madrid llegó a desbordarme. Pero mi caso es exagerado, dependo mucho del medio, varío exageradamente con el ambiente. Probablemente tienda a la inestabilidad o al desequilibrio, que cojones sé, y el desequilibrio de Madrid se me pegaba de lo lindo.
Pero he vuelto, esta vez como turista. Al dejar una ciudad y al volver tiempo después, te percatas de detalles que antes no apreciabas. Esta vez ha sido la luz y su olor. Es un olor que solo tiene Madrid, y no es olor a ajo como alguna vez dijo una snob esmirriada.
Adoro perderme en el corazón de la ciudad,

Reencontrarme con buenos amigos. Redescubrir a viejos conocidos. Un día en Madrid puede contener un sinfín de sorpresas. La verdad es que sí… ¿Qué me pasa? Tanto lo negué…pero me gusta Madrid. No podría vivir en ella, pero siempre será un refugio a la hora de escapar de lo cotidiano.
miércoles, 7 de marzo de 2012
La mer a bercé mon coeur pour la vie.

Cuando era un moquillo mi padre me metía en el agua hiciera el tiempo que hiciera. Cuando le pedía piscina me decía que eso eran gilipolleces. Guardo todo un conjunto de anécdotas bonitas y experiencias algo traumáticas que hoy recuerdo con cariño. Mi padre me llevaba a la playa hasta los días de tormenta, me metía en el agua incluso cuando el mar estaba picado, algunos días por accidente me arrastraban las olas con sus consecutivas vueltas de campana subacuáticas, también recuerdo bañarme con él en el agua del puerto y en plena plaga de medusas. No me quería matar, pero creo que siempre quiso que el mar me hiciera fuerte.
Y efectivamente, no le tengo miedo y al contrario, me encanta… pero creo que mi padre es en parte responsable de mi dependencia del mar. Supongo que también pasará por nacer en una ciudad costera. Te acostumbras a su presencia, y aunque no lo tengas en frente, lo sientes. Lo notas en el salitre, en el olor del aire, más fresco y más limpio. Y ese sonido. El sonido de las olas y de la marea. Tiene un efecto sedante. Un día de esos de mierda, de nervios y frustraciones (y me ha pasado en esta ciudad y en otras) pocas cosas hay más terapéuticas que una sesión de mar. Por eso las ciudades sin mar me sacan un poco de quicio. Sin duda les falta algo. El aire está como más muerto.
Además, el mar reúne unos atributos cojonudos: es libre, vital, misterioso, imprevisible, dinámico, temperamental, puede ser suave pero sabe meter caña. Tiene lo que hay que tener, no se deja dominar y mucho menos conquistar.
jueves, 1 de marzo de 2012
"De ella decían que aun siendo grande, era niña. Reía escandalosamente, preguntaba sin vergüenza y conocía de pocos tabúes. Le daba igual hablar a gritos, cantar pese a hacerlo fatal, nunca se sintió atraída por normas de ninguna clase y siempre luchó por no tener miedo al ridículo. Quienes la conocían desde hace tiempo dirían que siempre fue algo especial, si entendemos como especial a algo que se aleja de la media. A ella misma le gusta decir que todo el mundo es raro, como decía su padre, pero que a muchos les avergüenzan sus rarezas y tratan de disfrazarlas de “normalidad”.
A ella le gusta la gente valiente, las personas que muestran sus peculiaridades sin tapujos y se enorgullecen de ser distintas, personas a las que ella ha etiquetado como auténticas, pese a que no le gustan las etiquetas. Adora descubrir. Considera muy importante el respeto, aunque a veces muestra poco con la gente que la hace enojar. Pero por encima de las cosas, ella ama la libertad y lucha a toda costa por conseguirla, porque sabe que en estos tiempos que corren es difícil ser libre, y si uno piensa que lo es, suele estar equivocado. Uno no es libre si tiene un empleo con el que cumplir, un horario que respetar, unos ahorros que proteger, una familia que sacar adelante o que tema por ti cuando partes a vivir lejos. Son ejemplos, pero no viene al caso extenderse en estos asuntos. Lo que ella trata es de ser libre dentro de sus posibilidades menguadas por la sociedad en la que le ha tocado vivir. A veces hace oídos sordos a lo que no le gusta, a veces, como muchos otros, cae en las trampas de los organismos encargados de manejar a las masas. Muchos se ríen cuando le preguntan que qué es lo que quiere conseguir en la vida y ella responde: “romper todas las barreras posibles que me impiden ser libre y vivir toda clase de experiencias, o para que nos entendamos, vivir todo lo que pueda”. Y entonces alguien le dice: “Qué idealista eres, si lo consigues avisa”. Y ella se enfada aunque lo disimule bien y aparente que se lo toma con sentido del humor, por que le cuesta tolerar a gente pesimista que se autoproclama realista, pero contesta: “bueno, está bien, me dirás que ser libre es imposible, pero quiero ser lo más libre posible aunque supongo que en algún momento tendré que sacrificar parte de esa libertad para atender otros asuntos que pesen más en mi escala de prioridades". Y de ahí siempre sucede que ambos, ella y la otra persona se callan y beben de sus cañas reflexionando un poquito, o comienza una agitada discusión que puede extenderse horas.
Ella es luchadora, lucha por lo que quiere, aunque rara vez sabe lo que quiere, por que son muchas cosas distintas y no se sabe centrar bien. Es entusiasta con planes nuevos, aunque se aburre rápido. Sabe lo que es estar completamente perdida, pasa perdida mucho tiempo, a veces queriendo, a veces sin quererlo, que es cuando duele. Es muy pasional, que es la palabra que a ella le gusta usar en vez de temperamental, y soñadora. Sensible también, y eso le ha costado pasarlo mal en numerosas ocasiones, pero también le permite vivirlo todo intensamente, percatarse de detalles invisibles para otros y explorar los resquicios de su mente para poder mejorar."
Bueno, ya la conocéis. Así es esta loca de Silvia. Supongo que muchos tendréis un modelo a seguir, ¿no?. El mío no lo encontraba así que me lo inventé, pero existe, ya lo veis. Cada día espero parecerme un poquito más a ella.