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miércoles, 31 de julio de 2013

Treinta de julio

Hoy la tormenta me agarró al salir del aula. Reí como niña chica. Me descalcé por que el suelo del campus estaba totalmente encharcado y el agua dificultaba el camino en chanclas. Me dediqué a correr hacia la salida hasta que me di cuenta de que por más que corriera no me iba a salvar de un buen chapuzón. Tampoco me importaba. Abracé ese momento como si fuera lo mejor que me pasara en años. Deseé tener la cámara a mano. El paisaje era onírico. Una luz tenue anaranjada del ocaso impregnaba el escenario desierto y sólo se escuchaba el rugido de la lluvia. Un regalo para mis sentidos embotados tras horas sentada con la mirada fija en una pantalla de ordenador. La superficie del estanque estaba difusa. Era un baile de gotas de agua. Por fin se habían callado los zanates. Magia. Al salir del campus me tropecé con una manada de vacas que quería cruzar la carretera. Ellas también parecían disfrutar el baño.

Pagué mi pasaje de autobús ante los burlones ojos del conductor y me senté inmersa en una burbuja de modorra. Durante todo el trayecto, en mi mente solo resonaron los ecos del rugir del agua. No importa lo aburrido que haya sido el día, la naturaleza siempre sabe recompensar. 

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