Hoy la tormenta me agarró al salir del aula. Reí como
niña chica. Me descalcé por que el suelo del campus estaba totalmente
encharcado y el agua dificultaba el camino en chanclas. Me dediqué a correr
hacia la salida hasta que me di cuenta de que por más que corriera no me iba a
salvar de un buen chapuzón. Tampoco me importaba. Abracé ese momento como si
fuera lo mejor que me pasara en años. Deseé tener la cámara a mano. El paisaje
era onírico. Una luz tenue anaranjada del ocaso impregnaba el escenario
desierto y sólo se escuchaba el rugido de la lluvia. Un regalo para mis
sentidos embotados tras horas sentada con la mirada fija en una pantalla de
ordenador. La superficie del estanque estaba difusa. Era un baile de gotas de
agua. Por fin se habían callado los zanates. Magia. Al salir del campus me
tropecé con una manada de vacas que quería cruzar la carretera. Ellas también
parecían disfrutar el baño.
Pagué mi pasaje de autobús ante los burlones ojos del
conductor y me senté inmersa en una burbuja de modorra. Durante todo el trayecto, en mi mente solo resonaron los ecos del rugir del agua. No importa lo aburrido que haya
sido el día, la naturaleza siempre sabe recompensar.
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