Esto de ser como la niña que se emociona con un juguete nuevo que a las dos horas olvida en una esquina ya me está tocando las narices. ¿Estaré condenada al picoteo durante toda mi vida? Pico un poco de allí, un poco de aquí y de allá, que si ahora si pero luego no, que esto es genial pero ahora me aburre. Yo sé que seré algún día, de aquellos que saben poco de mucho. Pero que se le va a hacer. Ya me di cuenta hace tiempo cuando caí en que vivir experiencias nuevas sería mi motor en la vida. Y no me culpéis por ello, por que me pasa en todos los ámbitos de mi vida: con cosas, lugares, deportes, emociones e incluso personas. Y con ésto último es con lo que más sufro. Pero esto es algo que no se puede cambiar.
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miércoles, 30 de mayo de 2012
sábado, 26 de mayo de 2012
¿Hará ese tal destino de las suyas?
A veces ocurren cosas que escapan al entendimiento de nuestras sobrevaloradas mentes. Y nos da por comernos el tarro intentando desentrañar misterios para los cuales no estamos preparados y para no frustrarnos demasiado llamamos a todas estas historias inexplicables "juegos del azar" y nos quedamos tan anchos.
El azar ha jugado conmigo a su antojo en muchas ocasiones y en numerosas situaciones cotidianas. A veces me arranca sonrisas, pero otras me inquieta hasta límites insospechados. Lo cierto es que estos caprichosos (y supuestos) juegos me arrastran hacia la cómoda y cada vez más común opinión de que todo sucede por una razón. Y que conste que siempre he querido rechazar esta idea. No me gusta pensar que hay un señor Destino que mete la mano cuando le da la gana y nos hace seguir un camino que desde siempre nos ha sido asignado, ni que no somos del todo dueños de nuestras propias vidas. Pero es que suceden cosas que cuesta atribuir al azar o a la coincidencia, ¡joder! Son demasiado retorcidas...
No es raro que de repente encuentre a conocidos de amigos (personas que jamás creí poder vincular) en los lugares más recónditos. En una ocasión en la que viajé a Egipto conocí a mis vecinos en el barco que cruzaba el Nilo: coincidimos al azar, nos hizo gracia ser españoles, de la misma ciudad, del mismo barrio y no os podeis imaginar mi cara cuando me dijeron el número de la casa, eran los misteriosos vecinos de al lado que tenían atada un águila herida a un tocón de árbol. Nunca antes nos vimos, nunca antes hablamos. Manda huevos que tuviese que ser en el Nilo.
¿O que me decís cuando algo nuevo os llama la atención y aparece continuamente, hasta en la sopa, los días siguientes a su descubrimiento? ¿O que necesites algo tan desesperadamente que de pronto aparezca? ¿O que pienses tanto en un proyecto que se materialice de pronto en forma de oportunidad?
Pero lo de esta mañana no tiene nombre. Hace tiempo escribí sobre un modelo a seguir completamente imaginario a quien puse un nombre más imaginario aún: Silvia Andrade (mi segunda o tercer entrada). Y cuál es mi sorpresa cuando esta mañana viene mi madre emocionada con un artículo del National Geographic de una biotecnóloga mexicana que hace un trabajo flipante con escarabajos exóticos y sus correspondientes fotos. Y me dice: "mira que interesante, mándale un mail, pidele consejo, es una tal Silvia Andrade". "¿Cómo?" pregunto yo con voz casi temblorosa y ojos desorbitados.
"Silvia Andrade", me contesta mi madre preocupada por mi reacción.
El azar ha jugado conmigo a su antojo en muchas ocasiones y en numerosas situaciones cotidianas. A veces me arranca sonrisas, pero otras me inquieta hasta límites insospechados. Lo cierto es que estos caprichosos (y supuestos) juegos me arrastran hacia la cómoda y cada vez más común opinión de que todo sucede por una razón. Y que conste que siempre he querido rechazar esta idea. No me gusta pensar que hay un señor Destino que mete la mano cuando le da la gana y nos hace seguir un camino que desde siempre nos ha sido asignado, ni que no somos del todo dueños de nuestras propias vidas. Pero es que suceden cosas que cuesta atribuir al azar o a la coincidencia, ¡joder! Son demasiado retorcidas...
No es raro que de repente encuentre a conocidos de amigos (personas que jamás creí poder vincular) en los lugares más recónditos. En una ocasión en la que viajé a Egipto conocí a mis vecinos en el barco que cruzaba el Nilo: coincidimos al azar, nos hizo gracia ser españoles, de la misma ciudad, del mismo barrio y no os podeis imaginar mi cara cuando me dijeron el número de la casa, eran los misteriosos vecinos de al lado que tenían atada un águila herida a un tocón de árbol. Nunca antes nos vimos, nunca antes hablamos. Manda huevos que tuviese que ser en el Nilo.
¿O que me decís cuando algo nuevo os llama la atención y aparece continuamente, hasta en la sopa, los días siguientes a su descubrimiento? ¿O que necesites algo tan desesperadamente que de pronto aparezca? ¿O que pienses tanto en un proyecto que se materialice de pronto en forma de oportunidad?
Pero lo de esta mañana no tiene nombre. Hace tiempo escribí sobre un modelo a seguir completamente imaginario a quien puse un nombre más imaginario aún: Silvia Andrade (mi segunda o tercer entrada). Y cuál es mi sorpresa cuando esta mañana viene mi madre emocionada con un artículo del National Geographic de una biotecnóloga mexicana que hace un trabajo flipante con escarabajos exóticos y sus correspondientes fotos. Y me dice: "mira que interesante, mándale un mail, pidele consejo, es una tal Silvia Andrade". "¿Cómo?" pregunto yo con voz casi temblorosa y ojos desorbitados.
"Silvia Andrade", me contesta mi madre preocupada por mi reacción.
jueves, 24 de mayo de 2012
BERLIN
¿Que tiene esta ciudad que nos atrapa a todos los jóvenes (vividores)?
Pues todo. Lo tiene todo.
No es la primera vez que visito la ciudad. Ya aterricé en el aeropuerto de Tegel hace un año para visitar a una amiga que se había ido a currar allí.
Era junio y todo el mundo estaba en la calle, abarrotando los parques, las terrazas, los open airs, las piscinas, bares y discotecas sin que la situación fuera de agobio.
Aluciné con la ciudad. No es que fuera bonita. Única es la palabra exacta. Destila como una especie de cutrerío underground muy molón, una dejadez provocada, que se cuela por las calles de inmensa amplitud y lo impregna todo, incluso a sus edificios más señoriales. Es como un collage de todo tipo de cosas que no ves posible que pudieran encajar pero encajan, eso sí, lejos de la armonía. A mi me parece una casa Okupa hecha ciudad. Mires donde mires hay murales o pintadas, arte urbano improvisado. Es la ciudad del reciclaje, todo se aprovecha: coge los muebles de tu sótano y los de tu vecino (sillas desvencijadas, sofás roídos, mesillas destartaladas, lámparas victorianas, incluso muñecas de miembros desencajados) píntalos y haz con ellos lo que te de la gana. Como si te da por secuestrar una vaca, teñirla de verde y plantarla en medio del local por aquello del efecto sorpresa (no lo recomiendo, no es ético). Y ya si hablas con el colega dj de turno para que pinche unos temas de techno relajado y ofreces pizzas, currywurst y demás manjares berlineses a dos euros y cerveza baratita , lo tienes todo de tu parte.
Es una ciudad que te invita a hacer lo que te de la gana con acojonante libertad y en un marco de diversidad total (eso sí, se nota que los lugareños están un poco hasta el forro de los guiris). Pero es que la ciudad está tomada por todo tipo de jóvenes de todo tipo de ideología arrastrando todo tipo de pintas (los amantes de los tatuajes se deleitarán) en armonía y buenrollismo. La calidad de vida es alta y los precios muy bajos y es una ciudad de gran conciencia ecológica con vegetación en cualquier esquina que incluso devora los edificios. Es un placer pulular por sus calles en bici, coño!
Yo entiendo que la gente se vuelva un poco loca en ese ambiente, con tanto plan y tan poco tiempo, yo me se de una a la que se le hubiera ido un poco la pinza...el cuerpo no da para tanta vaina. Tienes a tu alcance todo tipo de planes, culturales y no culturales, a parte de la fiesta. Pero es que hay fiesta a mansalva. Cualquier ambiente, cualquier tipo de música, asequible a todos los bolsillos. No es raro ir paseando y ala! una rave, o torcer una esquina y dar con un parque con everything going on al mismo tiempo y una horda de gente moviéndose al ritmo de la música de turno. Pero si te cansas de tanta traca, siempre te quedará uno de los parques urbanos rollo selva negra en el que poder tumbarte al sol, meditar o dar de comer a los conejos.
Pues eso, que enamorá me vuelvo. Voy a ver si me sumo a uno de los tropecientos mil jóvenes que están allí "estudiando alemán".
lunes, 14 de mayo de 2012
Extrañando
Imaginemos que hoy no es 14 de mayo, sino un día aleatorio de septiembre del 2012, pongamos que jueves 22. El día no tiene importancia, solo el lugar. Ya no estoy en la ciudad en la que nací, ni en la ciudad en la que estudié. Estoy muy lejos, al otro lado del charco, en una pequeña ciudad de la costa pacífica mexicana que antaño estaba perdida en la selva y a la cual solo se podía acceder por mar o por aire, o quizá caminando, si se tenían las fuerzas y el valor necesarios.
Un nuevo día comienza, un día muy caluroso y pegajoso , como los días anteriores y probablemente los siguientes. Las sábanas se pegan a la piel. El ventilador de pie no resulta suficiente para levantar una brisa fresca ni para espantar a las moscas, ni mucho menos para quitarme la pereza, ni siquiera el despertador es capaz. Aunque hay una atmósfera de paz, desde fuera llegan rumores de movimiento y vida, la gente ya lleva un rato en sus quehaceres, y eso que sólo son las siete y media de la mañana. El ruido de la gente y del escaso tráfico queda eclipsado por el alboroto de los pájaros de todo tipo que están ocultos en los numerosos árboles frutales o sobrevuelan el cielo. Pongo los pies en el suelo de loza y me incorporo pesadamente. Miro a mi alrededor. La casa no tiene muchos muebles y está escasamente decorada, pero en cierto modo resulta acogedora. Sólo se requieren unos segundos para echar un vistazo a la totalidad de la casa: una única habitación con lo necesario para vivir. Hay que tirar la basura antes de que todo se llene de larvas de mosca, que proliferan igual que los hongos con la humedad.
Me acerco a la terraza y abro las ventanas de par en par: he aquí uno de los momentos más mágicos. A un lado, la selva. Y delante, el mar en todo su esplendor, que impregna el aire que en su base huele dulzón. A otro lado veo el hostal en el que estuve viviendo un mes entero, que ahora está en obras. Al mirar hacia abajo, veo un amasijo de callejones de piedra, cuestas imposibles, los caminos están tapados por árboles, palmeras y vegetación de todo tipo. Veo los tejados. Las casas en la ladera de la selva, irregulares, encantadoras, y las de abajo, las del centro, las que rodean a la plaza hidalgo, punto de reunión de casi todas las tardes y noches de fin de semana. Sé que el agua de mar está caliente, que a las siete de la tarde el cielo se cubrirá como por arte de magia y resonarán los truenos, que darán paso a las tormentas más increíbles de mi vida, las auténticas tormentas en las que caen trombas de agua durante horas y todo quedará en silencio y me sentiré libre. Sé que en cada instante del día me sentiré libre. Con suerte, las nubes se disiparán para la puesta de sol, que lo llenará todo de luz anaranjada.
Me imagino el día en ese momento, me gusta fantasear. Podría fantasear todo lo del mundo, que después cualquier cosa podría pasar. Las opciones son infinitas. Todo es nuevo, la gente encantadora, la vida es barata, despreocupada, tranquila y a la vez excitante. Es una atmósfera de auténtica aventura. No faltarán tardes de playa o de río, música, rock en vivo en el Roxy, micheladas, naturaleza de todo tipo. No faltarán amigos, gente increiblemente interesante, gente que se desvive por tí. No faltarán conversaciones, ni risas, ni bailes, ni bromas. No faltarán animales, diurnos, nocturnos, marinos o terrestres. Me siento como en casa. Me siento en mi casa y tengo la certeza de que volveré.
Pero no estoy en México, si no en la ciudad en la que nací, ahogándome en nostalgia. Lo revivo todo una y otra vez en mis recuerdos, que son tan vivos que es como si los viviera de nuevo con los cinco sentidos. Pero la certeza de que volveré al paraíso es igual de fuerte.
Un nuevo día comienza, un día muy caluroso y pegajoso , como los días anteriores y probablemente los siguientes. Las sábanas se pegan a la piel. El ventilador de pie no resulta suficiente para levantar una brisa fresca ni para espantar a las moscas, ni mucho menos para quitarme la pereza, ni siquiera el despertador es capaz. Aunque hay una atmósfera de paz, desde fuera llegan rumores de movimiento y vida, la gente ya lleva un rato en sus quehaceres, y eso que sólo son las siete y media de la mañana. El ruido de la gente y del escaso tráfico queda eclipsado por el alboroto de los pájaros de todo tipo que están ocultos en los numerosos árboles frutales o sobrevuelan el cielo. Pongo los pies en el suelo de loza y me incorporo pesadamente. Miro a mi alrededor. La casa no tiene muchos muebles y está escasamente decorada, pero en cierto modo resulta acogedora. Sólo se requieren unos segundos para echar un vistazo a la totalidad de la casa: una única habitación con lo necesario para vivir. Hay que tirar la basura antes de que todo se llene de larvas de mosca, que proliferan igual que los hongos con la humedad.
Me acerco a la terraza y abro las ventanas de par en par: he aquí uno de los momentos más mágicos. A un lado, la selva. Y delante, el mar en todo su esplendor, que impregna el aire que en su base huele dulzón. A otro lado veo el hostal en el que estuve viviendo un mes entero, que ahora está en obras. Al mirar hacia abajo, veo un amasijo de callejones de piedra, cuestas imposibles, los caminos están tapados por árboles, palmeras y vegetación de todo tipo. Veo los tejados. Las casas en la ladera de la selva, irregulares, encantadoras, y las de abajo, las del centro, las que rodean a la plaza hidalgo, punto de reunión de casi todas las tardes y noches de fin de semana. Sé que el agua de mar está caliente, que a las siete de la tarde el cielo se cubrirá como por arte de magia y resonarán los truenos, que darán paso a las tormentas más increíbles de mi vida, las auténticas tormentas en las que caen trombas de agua durante horas y todo quedará en silencio y me sentiré libre. Sé que en cada instante del día me sentiré libre. Con suerte, las nubes se disiparán para la puesta de sol, que lo llenará todo de luz anaranjada.
Me imagino el día en ese momento, me gusta fantasear. Podría fantasear todo lo del mundo, que después cualquier cosa podría pasar. Las opciones son infinitas. Todo es nuevo, la gente encantadora, la vida es barata, despreocupada, tranquila y a la vez excitante. Es una atmósfera de auténtica aventura. No faltarán tardes de playa o de río, música, rock en vivo en el Roxy, micheladas, naturaleza de todo tipo. No faltarán amigos, gente increiblemente interesante, gente que se desvive por tí. No faltarán conversaciones, ni risas, ni bailes, ni bromas. No faltarán animales, diurnos, nocturnos, marinos o terrestres. Me siento como en casa. Me siento en mi casa y tengo la certeza de que volveré.
Pero no estoy en México, si no en la ciudad en la que nací, ahogándome en nostalgia. Lo revivo todo una y otra vez en mis recuerdos, que son tan vivos que es como si los viviera de nuevo con los cinco sentidos. Pero la certeza de que volveré al paraíso es igual de fuerte.
domingo, 6 de mayo de 2012
miércoles, 2 de mayo de 2012
La vida es pura magia. Siempre quedará algo por vivir, por descubrir y por experimentar. Siempre quedará algo que nos llegue, nos mueva por dentro, nos motive, nos guste, nos haga sentir felices o al menos, contentos. Pero el día a día esconde escenas, objetos, incluso personas que nos cortan de cuajo la energía vital. He aquí, para quien le pueda interesar, una lista de todo lo que mueve mis ganas de darme cabezazos contra la pared de puro deprimente que me resulta:
- Las tiendas de pesca
- Los andenes de metro un domingo cualquiera
- Los barrios-dormitorio
- Los aeropuertos de ciudades pequeñas
- El pez solitario de cualquier pecera sin decorar
- El sonido de los relojes-cuco de las casas de los abuelos
- Las cafeterías de estaciones de autobús
- Las mercerías de barrio
- Los zapatos que venden en las tiendas de farmacia
- Los empleados de las reprografías
- Las plantillas de los zapatos
- Los carteles de los bares de carretera
- Los anuncios de los videntes (especialmente los de televisión)
- Las acelgas sin rehogar
- La gente de los anuncios de seguros
- Las figuritas de cristal
- Las grandes ciudades un domingo al mediodía
- La ropa interior color carne
- La sacarina
- El pegamento de las dentaduras postizas que anuncian en televisión
- El color de las paredes de gran parte de edificios públicos
- El hormigón
- Los ponis
- Las camisas en tonos pasteles
- Las pelusas de polvo
- Los cuadros de los carritos de compra
De seguro me olvido de unas cuantas, pero ya estoy demasiado deprimida como para seguir...
- Las tiendas de pesca
- Los andenes de metro un domingo cualquiera
- Los barrios-dormitorio
- Los aeropuertos de ciudades pequeñas
- El pez solitario de cualquier pecera sin decorar
- El sonido de los relojes-cuco de las casas de los abuelos
- Las cafeterías de estaciones de autobús
- Las mercerías de barrio
- Los zapatos que venden en las tiendas de farmacia
- Los empleados de las reprografías
- Las plantillas de los zapatos
- Los carteles de los bares de carretera
- Los anuncios de los videntes (especialmente los de televisión)
- Las acelgas sin rehogar
- La gente de los anuncios de seguros
- Las figuritas de cristal
- Las grandes ciudades un domingo al mediodía
- La ropa interior color carne
- La sacarina
- El pegamento de las dentaduras postizas que anuncian en televisión
- El color de las paredes de gran parte de edificios públicos
- El hormigón
- Los ponis
- Las camisas en tonos pasteles
- Las pelusas de polvo
- Los cuadros de los carritos de compra
De seguro me olvido de unas cuantas, pero ya estoy demasiado deprimida como para seguir...
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