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martes, 12 de junio de 2012

¡Impulsividad, señores!

He aquí una chapa que escribí hace tiempo, probablemente en tiempos de estrés o mala ostia. Si mal no recuerdo, un amigo y yo nos estabamos retando a escribir sobre la impulsividad, y de ahí salió este texto, el menos impulsivo de todos los que he escrito. Ahí que cada uno decida leerlo o no, yo lo he colgado aquí impulsivamente.


La impulsividad es el triunfo del instinto por encima de todas las cosas.
El motor más puro de los animales y sin duda alguna, el más honesto.
Los impulsos (las peticiones más directas del cuerpo) tienen un origen a mi parecer puramente visceral. 
No obedecen a razones, no responden a consecuencias, por eso han sido despreciados durante mucho tiempo por el animal más racional de todos, el ser humano.

Suelen dar miedo, por que casi todos ellos son el manifiesto de una fuerza poderosa que reside en lo más hondo de nosotros de la cual considero imposible desprendernos, y quien opine lo contrario, que me diga cómo. Los impulsos de una persona revelan su verdadera naturaleza. Pueden estar reprimidos por la razón (nuestro premio evolutivo), pueden estar disfrazados, atenuados. Pero siguen estando agazapados en algún punto de nuestro ser y a diferencia de las ideas que uno maneja, las corrientes intelectuales que uno siga o la ética que uno decida adoptar, éstos son irremplazables. Son los que son. Y ni evolucionan, ni varían.

Obedecen a esa fuerza que nos recuerda que somos animales, que respondemos a los cambios del ambiente, que necesitamos mantenernos vivos, que no podemos no comer, no podemos no follar, no podemos no enfadarnos ni encariñarnos. Somos todavía un diseño orgánico y por eso compartimos los mismos instintos básicos que el resto de animales.

¿Que pasa cuando reprimimos los instintos más de la cuenta? No hacemos más que ver miles de sus consecuencias a diario y no son noticias alentadoras. El ejemplo más típico es el de cura pederasta. Pero en un día cualquiera hay muchas muestras de gente con impulsos reprimidos: gente apática, amargada, deprimida. Brotes de ira. Granos en la cara. Insatisfacción. “Idas de olla”. Cambios drásticos de vida. Etc.

Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos, la represión de los impulsos es algo sumamente útil que se ha convertido en un estilo de vida. Porque, a ver ¿Cuántas veces has deseado pegar a alguien en el metro en hora punta? ¿Y escupir a esa persona insufrible? ¿Y robar en una tienda de alimentación? ¿Y pegarle cuatro  voces (y digo voces no vaya a ser que me denuncien el blog) al niño enrabietado del avión? ¿Y bañarte en bolas en una playa céntrica de una ciudad turística conservadora al mediodía? ¿Y mandar los exámenes o el trabajo a la mierda tras haber abofeteado al jefe o director? Madre mía si todos obedeciéramos a nuestros impulsos una sociedad como esta sería…¡inviable! Y no hablemos de las “mentes perturbadas” cuyos impulsos les llevarían a hacer verdaderos desaguisados…

Que clase de ejemplos he puesto… ¿no? Todos denotan agresividad…Pero pondría la mano en el fuego por que la mayoría de vosotros habéis tenido esos impulsos alguna vez. Si los impulsos vienen de lo que a uno le pide el cuerpo en ese momento y muchas veces esto está condicionado por el medio que nos rodea…¿no será que vivimos en un medio que no es el adecuado?  He dicho antes que los impulsos son lo que nos mueve a satisfacer nuestros instintos naturales. ¿Pero hasta que punto son naturales estos instintos? ¡Dios! ¡Son impulsos desnaturalizados! Que yo sepa, los miembros de una misma comunidad de por ejemplo, leones, conviven en relativa armonía sin desear asesinarse los unos a los otros ¿Hasta que punto están los impulsos influenciados por el estrés, de digamos, una gran ciudad?

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