La impulsividad es el triunfo del instinto por encima de
todas las cosas.
El motor más puro de los animales y sin duda alguna, el más
honesto.
Los impulsos (las peticiones más directas del cuerpo) tienen un origen a mi parecer puramente visceral.
No obedecen a razones, no responden a consecuencias, por eso
han sido despreciados durante mucho tiempo por el animal más racional de todos,
el ser humano.
Suelen dar miedo, por que casi todos ellos son el manifiesto
de una fuerza poderosa que reside en lo más hondo de nosotros de la cual considero
imposible desprendernos, y quien opine lo contrario, que me diga cómo. Los
impulsos de una persona revelan su verdadera naturaleza. Pueden estar
reprimidos por la razón (nuestro premio evolutivo), pueden estar disfrazados,
atenuados. Pero siguen estando agazapados en algún punto de nuestro ser y a
diferencia de las ideas que uno maneja, las corrientes intelectuales que uno
siga o la ética que uno decida adoptar, éstos son irremplazables. Son los que
son. Y ni evolucionan, ni varían.
Obedecen a esa fuerza que nos recuerda que somos animales,
que respondemos a los cambios del ambiente, que necesitamos mantenernos vivos,
que no podemos no comer, no podemos no follar, no podemos no enfadarnos ni
encariñarnos. Somos todavía un diseño orgánico y por eso compartimos los mismos
instintos básicos que el resto de animales.
¿Que pasa cuando reprimimos los instintos más de la cuenta?
No hacemos más que ver miles de sus consecuencias a diario y no son noticias
alentadoras. El ejemplo más típico es el de cura pederasta. Pero en un día
cualquiera hay muchas muestras de gente con impulsos reprimidos: gente apática,
amargada, deprimida. Brotes de ira. Granos en la cara. Insatisfacción. “Idas de
olla”. Cambios drásticos de vida. Etc.
Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos, la represión
de los impulsos es algo sumamente útil que se ha convertido en un estilo de
vida. Porque, a ver ¿Cuántas veces has deseado pegar a alguien en el metro en hora
punta? ¿Y escupir a esa persona insufrible? ¿Y robar en una tienda de
alimentación? ¿Y pegarle cuatro voces (y
digo voces no vaya a ser que me denuncien el blog) al niño enrabietado del
avión? ¿Y bañarte en bolas en una playa céntrica de una ciudad turística
conservadora al mediodía? ¿Y mandar los exámenes o el trabajo a la mierda tras haber
abofeteado al jefe o director? Madre mía si todos obedeciéramos a nuestros
impulsos una sociedad como esta sería…¡inviable! Y no hablemos de las “mentes
perturbadas” cuyos impulsos les llevarían a hacer verdaderos desaguisados…
Que clase de ejemplos he puesto… ¿no? Todos denotan
agresividad…Pero pondría la mano en el fuego por que la mayoría de vosotros
habéis tenido esos impulsos alguna vez. Si los impulsos vienen de lo que a uno
le pide el cuerpo en ese momento y muchas veces esto está condicionado por el
medio que nos rodea…¿no será que vivimos en un medio que no es el
adecuado? He dicho antes que los
impulsos son lo que nos mueve a satisfacer nuestros instintos naturales. ¿Pero
hasta que punto son naturales estos instintos? ¡Dios! ¡Son impulsos desnaturalizados!
Que yo sepa, los miembros de una misma comunidad de por ejemplo, leones,
conviven en relativa armonía sin desear asesinarse los unos a los otros ¿Hasta
que punto están los impulsos influenciados por el estrés, de digamos, una gran
ciudad?
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