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sábado, 8 de junio de 2013

En el país del Siga Nomás.

Crucé el charco.
 
Releo entradas anteriores y aunque inicié al blog hace poco mas de un año, parece que hayan pasado siglos desde que viví todo lo que cuento.
 
 Durante todo este parón de hojas en blanco, me las arreglé para vivir en Berlín, en Quito y finalmente acabé en Vallarta, que es dónde quería estar desde un principio (shhh. Es secreto).
 
Salí de esa monotonía de la que hablaba con cabreo en una de mis entradas, y comencé una etapa algo frenética.
 
Formé parte de esa horda de jóvenes españoles que van a Berlín a "aprender alemán". Aprendí poco alemán pero me empapé de la cultura musical de la ciudad. Clubs, discotecas y Open Airs, vaya. Al igual que todos los españoles que van a "aprender alemán" a la ciudad durante el verano. Pero yo no me quedé a trabajar. Ich bin Veronika, ich komme aus Spanien. Recuerdo con especial cariño a mis compañeros de piso. Eran como el tópico berlinés. Reportera de moda, aprendiz de organizador de eventos.
 
Viajé a Quito a empezar un máster en Conservación de Biodiversidad en Áreas Naturales Protegidas Tropicales. Suena cojonudo, eh? Pues salió rana. Los recortes en educación de España, a modo de oleada de apestoso hedor a mierda, alcanzaron los 2800 msnm de la mitad del mundo. La calidad del máster se vio resentida y no nos daban ni para el viaje de una hora de autobús hasta el parque al que íbamos a colocar huevos de plastilina en nidos falsos para engañar a los depredadores. En anteriores ediciones, las prácticas se desarrollaban en flamantes estaciones biológicas en la Amazonía ecuatoriana, y constaban de una calidad académica envidiable, o eso contaban ante nuestros dientes largos.
 
Mis primeros días en Quito transcurrían en un mundo limitado: entre la universidad (programas informáticos, análisis de datos, estadística y powerpoints) y mi casa o la de vecinos del mismo barrio. Un barrio gris. Un tráfico crispante. Un ruido ambiental insoportable. La manía de la gente de pitar, de vociferar, de vender todo tipo de cosas con bocinas y eslóganes insufribles vomitados desde una grabación, y a todas horas el ladrido de los perros-vigía de cada casa, las alarmas comunitarias que sonaban y resonaban prácticamente todas las noches. Colesterol urbano. Calles atestadas de coches. Cuestas. Mal de altura. El constante regateo. Polución.
 
La ciudad del ruido. El barrio del pollo frito.
 
Me costó adaptarme.
 
Sentía la cabeza pesada. Los sentidos embotados. El cerebro adormecido. No sabía dónde ponía el pie. A veces no entendía ni lo que me decían.
 
Me sentó como el culo la ciudad las primeras semanas.
 
Agradecía enormemente cualquier escapada de fin de semana a algún paraje maravilloso o me bastaba con cualquier borrachera. La cuestión era irme.
 
En los siguientes meses y poco a poco, fui descubriendo sus encantos. Cada vez pasaba menos tiempo en el ghetto y más tiempo en el corazón de la ciudad (el centro histórico, la plaza Foch y sus alrededores, la Carolina, El Ejido...), que es donde se cocía la vida. Un movimiento cultural emergente. Gente maravillosa. Ruido atenuado. Puestos callejeros. Comida. Flores. Colibríes.  Tráfico, pero menos. Conciertos. Cine. Otros barrios que conocer. Calles con sabor. Encanto.
 
Quito era otra cosa. Yo era la engañada. La ignorante del barrio del pollo Broaster y los karaokes oscuros.
 
Volcanes que amanecen entre nubes rosadas y que velan la ciudad con sus cumbres cubiertas de nieve.
 
Bruma. Sol abrasador. "La ciudad sin sombras"
 
Ecuador es una pequeña joya verde que todo el mundo quiere explotar. La sobrevuelan buitres adinerados. Ecuador tiene tantos recursos que cuesta creer que exista gente con hambre. Muchos de esos recursos, la mayoría, no se quedan en Ecuador.
 
Ecuador es un país megadiverso. Solamente su región amazónica cuenta con casi la mitad de especies de toda la Amazonía. Sus escenarios cambian radicalmente a lo largo de sus tres regiones: oriente, sierra y costa. Selva, Andes y playas de arenas claras bordeadas por cocoteros. Fruta, pesca y petróleo. Zonas sagradas. Conflictos.
 
El país es el orgulloso dueño de las islas que hicieron famoso a Darwin.
 
Ecuador tiene lagos de agua turquesa en los cráteres de volcanes. Cumbres escarpadas y abruptas de temperaturas imposibles. Cóndores. Páramo. Osos de anteojos. Iguanas marinas. Tierras que parecen fruto de la fantasía de Tolkien. Jaguares. Árboles que sujetan el cielo. Verde sobre verde. Mucha humedad. Ranas de colores. Setas mágicas. Plantas de poder. Una comunidad afroecuatoriana de niños sonrientes que juegan con las conchas. Algunos tienen ojos azules y pelo rubio. Encocado de pescado. Tiburones. Frutas de nombres impronunciables. Gentes de pieles curtidas. Alpaca. Vicuñas.  Acento costeño. Acento serrano. Cumbia. Baile. Caña manabita.
 
A Ecuador solo le falta tomar las riendas de su situación, y el buen queso. Y un poquito de organización. Un poquito nomás.
 
 

Flores de páramo, Rucu Pichincha

Un tallo peludo, Mindo


Una mujer enojada con sopa, Centro histórico de Quito

Cielos de neón en la costa Manabita

Plantas de páramo, en macro, Rucu Pichincha
 
 Más plantas de páramo, en macro, Rucu Pichincha

Leones marinos pegándose la buena vida, Galápagos

Una rana abducida, Baeza

Charco ferroso en Baeza

Atardeseres tropicales, Canoa

La sangre del pez, Puerto López

La trágica pesca del tiburón, Puerto López

Los manglares de La Tola, Esmeraldas

Lugareña de Papallacta, dueña de un neblinómetro (Que qué es? anda e investiga.)